Un texto escrito con una nueva vida de fondo, en la estación de la vida, en tiempo de celebración. Collage de Cristina Sáez Estrela y texto de Eduardo Santana


Existen casas donde la primavera no se anuncia: permanece. En una de ellas, el reloj detuvo su camino el día que nació un niño con el corazón rosado como un almendro en flor. Desde entonces, el año se rindió ante el amor. Y el tiempo se volvió jardín. Las paredes comenzaron a transpirar olor a leche tibia y a pan recién horneado. Las plantas reclamaron su lugar sin permiso. La madreselva empezó a trepar la cuna, las buganvillas se enredaron en los muebles del salón y el jazmín en los de la cocina. Los colores florecieron en los jarrones vacíos y hasta en los silencios. El amor se multiplicó con canciones de cuna y susurros llenos de promesas y acabó impregnando todos los objetos. Las cucharas sabían a caricia. Las ventanas se abrían al sol en la noche.

Los vecinos decían que esa casa estaba encantada porque solo allí los otoños se olvidaban de caer. Los que atravesaban su umbral sabían que algunas casas albergan un amor tan grande que la primavera se queda a vivir para siempre, con los zapatos descalzos y la risa recién nacida. Y los que se quedaban a comer, volvían al mundo con flores en los bolsillos.

🎨 Cristina Sáez Estrela
✍️ Eduardo Santana

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